El tiempo vuela. Todo cambia. Los rostros, las personas evolucionan, se transforman. De repente un día cuentas que han pasado veinte años que dice el tango que no es nada…
Suddenly, nada es igual. Las fotografías de ha 20 años son los testigos de esos rostros de personas desaparecidas, no física ni literalmente, modificadas, como metamorfoseadas por el tiempo, “perfect”cionadas. Somos lo que éramos moldeados por el tiempo.
Hay una azotea en la Puerta del Sol de Madrid que recoge un cartel que publicita una marca de vinos, la de “El Tío Pepe”. El cartel se ha unido a la plaza como Bonnie a Clyde, como el cielo al azul o como el mar a la sal.
Ahora mismo ese cartel no está, lo están reparando. Cuando paso por allí es como raro, me falta el cartel para que la plaza esté completa. En el lugar del cartel ahora hay un vacío, sólo se ve el cielo. Se me ocurre pensar que el tío Pepe se ha ido al cielo. A dar una vuelta. Pero creo que lo que verdad pienso es que el tío Pepe deja un vacío en la plaza, un trozo de cielo. De cielo de mujer. De mujer valiente como mi amiga Aurora, que también se fue al cielo. A diferencia del Tío Pepe, Aurora no deja un vacío. Deja un lleno. Lleno de la fortuna de haberla conocido, lleno de su sabiduría, del aroma de su café, de la fuerza de su sonrisa.
Aurora, maja, seguro que estarás en un lugar parecido al cielo, enseñando a los ángeles que 24 horas no es un día. Lo llevan claro los demonios.
Pedazo de mujer. Te quiero mucho. Un beso. Mil gracias.